Rigoberta Menchú y la Discriminación en México
Hace tres días se publicó en los diarios y en la radio, la noticia de que Rigoberta Menchú, premio Nobel de la Paz, había sido víctima de abusos y discriminación en un hotel de Cancún cuando fue expulsada del hotel en que se encontraba siendo confundida con una vendedora ambulante. Inmediatamente se desataron acusaciones alrededor del mundo contra los mexicanos, acusándonos a todos de racistas y xenófobos.
Sin embargo, el día de ayer todos ellos tuvieron que tragarse sus palabras al pronunciarse la misma Rigoberta sobre lo que aconteció ese día, aclarando que ella fue muy bien atendida, y que en efecto había sucedido una trifulca provocada por la gente que quería tomarse fotos con ella, y el personal de seguridad solo trató de poner orden.
Si bien es bueno saber esto último, en algo tienen razón, aunque me duela, quienes tachan a los mexicanos de racistas y xenófobos. Es cierto que los mexicanos somos hospitalarios, tratamos bien a los inmigrantes (solo a algunos) y a los turistas, pero en efecto somos racistas y clasistas. Discriminamos a los pobres, a los indígenas, a los adultos mayores, a los feos, a los de piel oscura, a los niños, a las mujeres, a los gordos, a los flacos, a los que no apoyan al gobierno supuestamente electo o la religión de la mayoría, a los que no visten a la moda, a quienes no tienen auto, en general, a todos aquellos que representen una minoría o que nos coloquen en una falsa superioridad. Se ha vuelto una pésima costumbre llamar a alguien ‘pobre looser’ si no cumple con los estándares que los medios y la sociedad de consumo nos imponen. Y por supuesto que no tenemos derecho a hacerlo.
Esa superficialidad de los valores de los mexicanos, y que se extiende a muchas otras regiones del mundo solo es producto de la falta de cultura, y de un menosprecio por uno mismo y la sociedad en que se encuentra. Es una sensación de vacío que solo puede ser llenada por una errónea sensación de superioridad que se obtiene al ser mejor que otro. Tú estás más jodido, por lo tanto yo soy mejor. Yo sí entro al antro y tú no. Yo tengo una Hummer y tú un simple vocho.
La verdadera superioridad de una persona proviene de vencerse a sí mismo (como dice Nietzsche), y tener su propio código de valores que se basen en el bienestar propio y el de las personas que ama, sin denostar ni subyugar a los demás. Pero cuando uno es pusilánime, no puede dominarse, y entonces trata de imponerse sobre los otros. Y así somos los mexicanos… en su mayoría. Aún los discriminados.
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